
El otro día surgió una conversación, a raíz del Día del Orgullo Gay, referente a los sexos y los regalos para los niños... alguien con quien paso muchas horas al día (más que con mi marido, desgraciadamente y muy a mi pesar), que tiene 30 años recién cumplidos y es mujer, defendió a capa y espada que a un niño varón jamás se le debe regalar una FREGONA, porque eso es inducirle y conducirle a la futura mariconería (y me perdonan que me exprese así pero es que me hierve la sangre). Yo, toda modosita y sin elevar el tono, que ya me cuesta en estos casos, defendí la evolucionada idea de que regalarle a los niños varones utensilios del hogar es
educar en la igualdad, lo mismo que regalarle a las nenas un manual de mecánica del automóvil en la adolescencia para que no tengan que sentirse inútiles cuando en el futuro el coche se les descomponga en el peor momento y en medio de un paraje inhóspito, porque la Ley de Murphy funciona a la perfección, créanme. O regalarles a las niñas unas botas de fútbol, unas canicas, un monopatín o lo que sea que se supone que es con lo que jueguen los varones (que era lo que más me molestaba de niña, que ellos tenían todo lo divertido y yo muñecas que no hacían nada y a las que terminaba cortando el pelo, las uñas y cuanta cosa se me ocurría).
Bueno, pues no hubo forma... erre que erre que no, que menudo problema, que si a mi me haría gracia tener un hijo marica o una hija marimacho... y yo, con aquella cara de póker, porque eso en ningún caso me supondría un problema existencial ni de lejos, y mucho menos ahora que gracias a Dios por fin estamos evolucionando y cada quien puede hacer de su culo un tambor sin que le echen aceite hirviendo por encima.
Más allá de la simpleza del argumento y de los miles de años de genética embrutecida que han impedido que la mentalidad de la susodicha evolucione (con lo que evolucionar significa en este caso), lo que veradaremente me puso los pelos de punta es comprobar cómo nos temenos por "modernos", "progres" y lo más de lo más cuando seguimos anclados en el ancestral homo pedorrus de la prehistoria... Señores y señoras, que así no vamos a ninguna parte.
Otro día, hace tiempo, también me rebatía la misma persona que cómo las adolescentes hoy en día, con toda la información que tenemos, siguen quedándose preñadas y yo, también muy queda y resuelta, sin exaltarme, dije con firmeza que tenemos la mala costumbre de juzgar a la Sociedad (toda, por eso con mayúscula) por el entorno en el que nosotros nos desenvolvemos. Y es que nosotras, afortunadas por haber recibido una educación y haber crecido en una familia que nos ha podido dar una formación a la medida de la evolución de los tiempos (o al menos eso es lo que se supone), somos representantes de un extracto social determinado... pero España no es sólo Madrid y mucho menos el barrio de Salamanca (donde trabajamos, que yo soy del sur obrero, de Legazpi), pero que más allá existen muchas españas, mucho campo, mucha aldea y mucha marginalidad, hasta analfabetismo que ya es tremendo. Existen grupos sociales que no tienen acceso a todo lo que nosotras tenemos, que jamás han oído hablar de internet y no han visto ni de lejos un ordenador, y también aquellos para los que el futuro se pinta con el despertar cada mañana porque no hay opciones... que la información es una materia que se adopta porque nadie la acepta si se impone, es una opción muy personal... y porque la desinformación es más grande y poderosa (la primera vez que lo haces no te quedas, tampoco te quedas si te lavas inmediatamente, etc... ¿quién no ha oído esas memeces alguna vez en su vida?).
En fin... no voy a seguir porque he prometido ser breve... pero el temita daría para horas de monólogo enfebrecido, créanme. Mientra, me siento profundamente orgullosa y feliz por pertenecer a una familia donde mi mamá nos educó en la igualdad (en la medida de lo posible) y eso que ella venía de un matriarcado férreo donde los hombres eran sagrados. Me siento profundamente orgullosa de mi hermano y mi cuñada, porque tienen dos hijos varones, y el mayor tuvo una fregona de juguete el día que lo pidió, adora hacer comiditas en sus cacharritos de juguete, y se vuelve loco con los coches de carreras, el Scalextric, los monstruos y las pistolas... y el pequeñín heredará esa fregona, coño. Me siento profundamente orgullosa de mis amigos gays, maricones o como los quieran llamar, porque de ellos he aprendido infinidad de cosas, y porque con ellos aprendí hace ya dos décadas que lo que se traen entre manos es AMOR, el detalle de que sea entre dos personas del mismo sexo no cambia en absoluto el sentimiento, la convivencia, los problemas diarios o los planes de futuro.
Así pues... siempre me horrorizará que una mujer, con treinta años, siga diciendo con vehemencia que jamás le regalaría una fregona a su hijo porque sería inducirle a hacerse maricón... ¿dónde está la lógica de todo eso?.
Lo tenía que contar y lo he contado, y que agustito me he quedado, coño.
Besos... estupendos seres humanos.