
Lo que está claro es que cada uno se inventa la vida que vive y la adorna como le viene en gana. Este año está siendo quizás el más revolucionario de mi vida... conocí a
Mi Ben el 11 de diciembre pasado, nos vimos por primera vez el 30 de marzo de este año, nos casamos el 23 de junio, me mudé a Puerto Rico el 3 de junio y regresamos juntos a España el 25 de julio... dejé un trabajo el 30 de mayo y empecé en otro el 3 de octubre... ¿alguien da más?.
Bueno, pues como estamos en plena fusión (mmmmmmmm) de culturas andamos celebrando a la menor oportunidad.
Mi Ben está acostumbrado a celebrar su Thanksgiving (día de Acción de Gracias) y yo, con un trabajo que me ocupa doce horas diarias, sufrí lo indecible pensando cómo ingeniarmelas para que mi adorado esposo también tuviera su señalado día este año... En la clínica tenemos muchos clientes norteamericanos, referidos por la Embajada de Estados Unidos, y yo sin una pizca de vergüenza me dediqué a preguntar a cuanto gringo se dejó caer por allá en los días anteriores al Thanksgiving si conocían de algún sitio que hiciera alguna fiesta. Todo fueron negativas y el desconcierto me tenía más que loca, porque no me veía yo asando un pavo a esas alturas de la semana... en fin, de pronto apareció la persona indicada en el momento justo, y me dijo que ella todos los años compraban en
Hespen&Suarez su pavo, relleno, salsa de arándanos, puré de papas y tarta de calabaza correspondiente, mínimo esfuerzo a un precio un poco alto. Me metí en la web y me encontré con un mundo de delicatessen impresionante... pero no sólo de América, si no del resto de los continentes también. Vale la pena conocerlo y sirven a toda España... no digo más.
No obstante lo primero que pensé fue que si me hacía con todo ese menú tendría cena de Acción de Gracias para repetir durante un mes (ya me pasó en Carolina del Norte hace años... todavía recuerdo aquel pavo horneado con peras y uvas... mmmmmmmmmmm... delicioso), porque sobraría comida para aburrir. Así que el colmo de la felicidad me llegó cuando descubrí que los buenos de Hespen (una dama norteamericana) y Suárez (su esposo español que fue chef en un restaurant neoyorkino), habían tenido el tremendísimo detalle de vender cenitas individuales para almas desesperadas como yo. Reservé tres y envié a
Mi Ben el mismo jueves al mediodía a buscar los menús, y el pobre regresó a la casa en metro cargado como un burro, sudando como un pollito... pobrecito mío, se ganó el cielo.

Y tuvimos nuestro Thanksgiving, y le dimos el amén a la oración de gracias por todo, y nos sentimos afortunados del momento en el que estábamos después de todo lo caminado... y resumimos mil cosas en un instante bien emotivo... pero esa es otra historia.
Besos... estupendos seres humanos.